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La Ilusión de las Prioridades

Por José Miguel Bolívar | Publicado en Interés General | 15 de agosto, 2016

prioridadesEl reto es priorizar menos y cumplir más los compromisos. Porque, mejor o peor, todo el mundo sabe priorizar. Lo de cumplir sistemáticamente los compromisos derivados de priorizar ya es otra historia.

A pesar de ello, es posible que hayas oído en alguna ocasión la popular expresión «¡Tienes que aprender a priorizar!». Tal vez, incluso, alguien te la haya dicho a ti… Esta frase, tan absurda como demoledora, ataca directamente a nuestras inseguridades y frustraciones, haciéndonos sentir culpabilidad.

De hecho, en los talleres de mejora de la efectividad personal que facilito son muchas las personas que consideran que deberían «priorizar» mejor o, al menos, que podrían hacerlo. Y yo les pregunto, ¿seguro? ¿Realmente creéis que podríais priorizar mejor?

En mi experiencia, lo cierto es que la gran mayoría de la gente prioriza casi a la perfeccción. Otra cosa es cómo actúa luego, es decir, en qué medida cumplen los compromisos adquiridos derivados de esa «priorización»…

Las ideas erróneas sobre el acto de priorizar y las prioridades en sí suelen plantear al menos dos problemas serios en relación con la efectividad personal.

El primero de estos problemas surge de la falsa creencia de que las prioridades las defines tú. Esto es solo una ilusión.

Parafraseando a Ortega, «tú eres tú y tus circunstancias». Las prioridades resultan, de forma automática, de la interacción de dos factores: tus valores y las circunstancias del momento. Tus valores, evidentemente, sí los defines tú pero las circunstancias no, porque la realidad «va por libre».

Eso significa que las prioridades aparecen cuando en la realidad que nos rodea se produce una situación que interacciona con alguno de nuestros valores.

Por ejemplo, si para ti la familia es un valor y un hijo tuyo tiene un accidente en el cole, entonces aparece en ese momento la prioridad de ir corriendo a ver qué le ha pasado a tu hijo. O si tu jefe o un cliente te piden que vayas a verles de inmediato y para ti la seguridad de tus ingresos, o de tu puesto de trabajo, es un valor esencial, dejarás lo que estás haciendo para ir a verles, porque habrá surgido esa prioridad. Sin embargo, si no valoras particularmente nada de lo anterior, probablemente la prioridad de esa petición de tu jefe o cliente sea muy distinta y tu comportamiento asociado, también.

En cualquier caso, creer que las prioridades las definimos nosotros es lo mismo que creer que la realidad la definimos nosotros. Un absurdo. Las prioridades generalmente te vienen dadas.

El segundo de estos problemas es la manera en que normalmente incorporamos las prioridades a nuestro proceso de toma de decisiones. En general, tendemos a considerar las prioridades al principio del proceso, lo cual es ineficaz además de ineficiente, ya que en un buen número de ocasiones esta priorización es tiempo perdido, al no poderse ejecutar en el momento la decisión tomada.

Lo que las metodologías de efectividad personal modernas proponen es aplicar, antes de decidir, una serie de filtros lógicos a fin de «separar la paja del trigo», es decir, para descartar primero todo aquello que no tiene sentido plantearse como opción en el proceso de decisión – por aparentemente prioritario que parezca – al no existir opción real de hacerlo en ese momento.

La «priorización efectiva», por tanto, se aplica únicamente al conjunto de opciones que realmente puedes hacer en ese momento. Por ejemplo, si mi hijo ha tenido un accidente en el cole pero voy en tren y me quedan 2 horas para llegar a destino, no puedo ir a verle ahora, por prioritario que sea, y lo que tiene sentido es «priorizar» entre las opciones que puedo hacer en el tren.

Otro aspecto relacionado – aunque independiente – es la coherencia o, mejor dicho, la falta de coherencia entre comportamientos y prioridades.

Por lo general tenemos muy claras las prioridades, simplemente porque tenemos muy claros nuestros valores. Pero, a menudo, hacer «lo prioritario» resulta mucho menos atractivo que hacer «lo no prioritario» y eso se traduce en que lo que hacemos es distinto de lo que deberíamos hacer. Hablo, ni más ni menos, que de la famosa procrastinación, un tema «con mucha miga» que escapa del ámbito de este post pero del que mi colega de OPTIMA LAB, Jero Sánchez es un gran experto, por si quieres profundizar en él.

En resumen, conviene olvidar la ilusión de las prioridades. Como digo a menudo, la falta de humildad es uno de los principales obstáculos a la mejora de nuestra efectividad personal. Porque a la realidad le da lo mismo lo que nosotros queramos hacer o lo que nosotros consideremos prioritario.

Por eso, admitir que somos mucho más limitados de lo que creemos y ser conscientes de que el reto no es tanto establecer prioridades como cumplir compromisos es, sin duda, un primer y necesario gran paso para llegar a ser personas más efectivas.

Fuente: optimainfinito

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