Ser libre y ser rico es posible y está, como nunca, al alcance de nuestra mano.
Bienvenido al éxito y al futuro. Ambos comienzan hoy.
- Robert T. Kiyosaki "Lo mejor de padre rico"

En decisiones de largo plazo, no te preocupes por el contexto actual

Por Joan Lanzagorta | Publicado en Interés General | 21 de febrero, 2019

decisiones

Muchas personas se preocupan demasiado por lo que está pasando en el mundo. Frecuentemente me preguntan: “¿Me recomiendas tomar un crédito hipotecario con todo lo que está pasando hoy en nuestro país? ¿Crees que sea bueno invertir ahora para mi retiro o mejor me espero hasta después de las elecciones presidenciales de este año?”

Creo que es importante ir por partes y poner las cosas como son. Pensemos, por ejemplo, en que un crédito hipotecario es un préstamo a muy largo plazo, normalmente a 15 años o más. En ese periodo pueden pasar muchísimas cosas en el mundo: épocas de expansión y de recesión, tensiones internacionales, ataques terroristas. Además, quizá nos hayamos movido una o más veces de empleo y habremos tenido cinco o seis procesos electorales.

Entonces, si hoy estamos preparados, si contamos con el enganche, si podemos pagar la mensualidad, si pensamos que tenemos un empleo o ingreso estable (eso nunca está garantizado) y si nos protegemos adecuadamente (el crédito incluye un buen seguro de vida, de hogar y de desempleo), no veo por qué tengamos que esperar porque quizá las condiciones dentro de los próximos tres meses no sean las óptimas.

Lo mismo cuando hablamos de ahorro para el retiro: un dinero que no vamos a tocar en 20, 30 o 40 años, plazo en el que pasarán muchísimas cosas en el mundo que generarán volatilidad: los mercados financieros locales e internacionales tendrán fuertes alzas, pero también fuertes bajas en un plazo tan largo, porque como todos sabemos, siguen los distintos ciclos económicos.

¿Qué es lo importante entonces? Enfocarnos en nuestros objetivos, en lo que nosotros podemos hacer y no necesariamente en factores externos que no podemos controlar. Muchísimas personas persiguen rendimientos y corren por lo mismo riesgos innecesarios.

Tienen miedo y compran dólares, sin darse cuenta de que también pierden poder adquisitivo, porque en Estados Unidos también hay inflación. O piensan que el oro es el lugar más seguro, sin darse cuenta de que su precio en los mercados internacionales es tan o más volátil que un índice bursátil. Peor aún: compran bitcoins o invierten en Forex porque ahí se puede ganar muchísimo dinero, sin saber en lo que se están metiendo.

Estos errores se cometen, nuevamente, porque las personas se enfocan en rendimientos y no en sus objetivos. Toman así riesgos innecesarios y ponen en peligro esas metas: la razón fundamental por la cual están buscando invertir ese dinero.

Algunas veces he escrito sobre la diferencia entre invertir y apostar nuestro dinero. Invertir significa crear un portafolio que esté diseñado para alcanzar un objetivo; es decir, que sea acorde con nuestro horizonte de inversión y con nuestra tolerancia al riesgo. En cambio, apostar significa especular que un activo va a subir o a bajar en un contexto determinado. Hay tantas variables, que es muy fácil equivocarnos y que las cosas no salgan como pensamos.

Siempre comparo un plan financiero con un mapa, una ruta, que nos lleva desde donde estamos hoy hasta donde queremos ir. Desde luego que a lo largo del camino pasarán muchas cosas: habrá días soleados, días nublados y días de tormenta intensa que quizá nos obliguen a hacer unos ajustes, pero siempre que nos permitan continuar por la ruta correcta, de cara a nuestro destino.

Es cierto: en ocasiones tendremos que izar las velas, en otras tendremos que bajarlas y remar. Quizá también haya momentos que nos obliguen a tirar algunos objetos por la borda, con tal de no naufragar y perseverar para alcanzar ese destino que queremos. Eso mismo pasa en la vida, no sólo en las finanzas personales.

Pero lo más importante, siempre, es tener nuestro destino en mente. Si esperamos el momento más adecuado para partir, nunca llegará, porque en la vida pasan demasiadas cosas todo el tiempo. Si cambiamos completamente la ruta porque “puede venir una tormenta”, será muy fácil perdernos en el camino y llegar a un lugar completamente distinto al que queríamos alcanzar.

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