Ser libre y ser rico es posible y está, como nunca, al alcance de nuestra mano.
Bienvenido al éxito y al futuro. Ambos comienzan hoy.
- Robert T. Kiyosaki "Lo mejor de padre rico"

5 lecciones de vida que aprendí mientras viajé por el mundo durante 5 años. Parte II

Por Mark Manson | Publicado en Interés General | 13 de agosto, 2016

Vivir Mejor3. Lo mejor de un país o cultura, suele ser también lo peor

En 1965, a Singapur, una pequeña isla en la punta de la península de Malasia, se le concedió la independencia. Empobrecida, inculta, poco poblada y sin recursos naturales, los nuevos líderes de Singapur entendieron que para sobrevivir tenían que actuar con rapidez y encontrar una manera para hacer que la pequeña isla sea indispensable para la comunidad mundial.

Desde el principio, el nuevo gobierno puso un énfasis casi maníaco en la educación, el comercio y el éxito financiero, generando una cultura en torno a un rápido crecimiento económico. Una metrópolis pronto fue construida específicamente para atender a los inversionistas, a los  banqueros extranjeros, y al comercio internacional. Fue una Disneylandia para los extranjeros ricos, una isla paradisíaca donde querían llevar su dinero y nunca irse de allí.

Hoy, Singapur es uno de los países más ricos del mundo. La isla está más o menos libre de delincuencia y pobreza. Cuando visité Singapur, siempre sentí como si estuviera visitando el futuro, como Manhattan debería haber sido. La ciudad es moderna, impecable y perfecta.

Pero esta apariencia de perfección llegó con un costo. El país es un poco impersonal. Todo está diseñado y hecho con fines de lucro. No hay historia, no hay identidad, no hay valores profundos, no hay respeto por los individuos más allá del dinero y la productividad.

Y así, irónicamente, lo más impresionante y admirable en Singapur, es también lo más deprimente en él. Fue así como, impulsado por la necesidad de ser económicamente indispensable, sacrificó su identidad cultural en el proceso.

Cada rasgo cultural tiene ventajas y desventajas. Y entre más extremo el rasgo cultural sea, más extrema son las ventajas y desventajas. Por lo tanto, a menudo los aspectos más evidentes y obvios de la cultura de cada país, son a la vez lo mejor y lo peor de ese país.

Por ejemplo, los brasileños a menudo hablan con orgullo del o jeito brasileiro, o “el camino brasileño.” Se refiere a una actitud típica de poder cortar las esquinas y encontrar la ruta más sencilla al éxito para poder pasar más tiempo relajándose, jugando al fútbol en la playa, y bebiendo caipirinhas bajo el sol. Los brasileños se enorgullecen de sus formas de ocio.

Es este jeito lo que les da a los brasileños una actitud relajada y divertida que es tan atractiva para los extranjeros que los visitan; nadie sale de fiestas como los brasileños, y nadie vacaciona como los brasileños.

Pero este jeito es la misma razón por la que Brasil, como país, es un desastre. Nada funciona de la manera que se supone debería funcionar. El gobierno es totalmente corrupto y la infraestructura está todavía atrapada en la década del 70. Es lo mejor y lo peor de la cultura brasileña.

Lo mismo podría decirse de la cortesía japonesa, de la brusquedad rusa, del orden alemán, y del consumismo estadounidense. Son ambas, las mejores y las peores cosas de esos países y culturas. Y cada vez que te encuentras con una, tienes que estar preparado y dispuesto a tomar la otra.

4. A la gran mayoría del planeta no le importa lo que digas o hagas, y eso es algo bueno

Cuando todo es familiar (cuando nos despertamos en la misma casa, tomamos café en la misma cafetería, conducimos por las mismas carreteras, saludamos a la misma gente, compramos en las mismas tiendas, comemos en los mismos restaurantes, y vamos al baño en el mismo baño) tenemos una impresión poco realista de que todas las cosas pequeñas importan.

Si le dices algo tonto a chica de la caja registradora, cagaste, compras magdalenas de ese lugar todas las mañana; ahora vas a parecer un idiota cada vez que vuelvas.

O si accidentalmente molestas a un compañero de trabajo, tendrás que preocuparte por verlo todos los días, y será incómodo, y entonces la incomodidad hará que te odie aún más, lo que simplemente hará las cosas más incómodas, lo cual entonces probablemente te hará decir algo aún más estúpido y entonces harás que se enoje aún más y entonces será aún más horrible, y ¡Oh Dios mío! yo sólo quiero quedarme en la cama y jugar videojuegos para siempre.

Pero cuando estás en el extranjero, no puedes más que quedar en ridículo constantemente; tartamudeando un idioma desconocido, ordenando algo desagradable y casi vomitar todo sobre el mantel, o simplemente diciendo cosas realmente estúpidas en un momento de confusión.

Y lo más hermoso es que pronto te das cuenta de que a nadie le importa. A nadie. Nunca.

A la gran mayoría de las personas no les importa lo que digas o hagas la gran mayoría de las veces. Y eso es liberador.

Una vez le dije a una amiga argentina que la comida estadounidense no era saludable porque ponían condones en ella. Creo que casi se atraganta con su cerveza cuando lo dije. Al parecer, “preservative” (coservantes) no se decía “preservativo” en español.

Una vez entré a una fiesta de servidumbre gay en Berlín. Entonces tuve que explicarle avergonzadamente a una serie de amables chicos alemanes que no, no los estaba rechazando, realmente estaba tratando de salir de allí.

En una ocasión, frustrado por el jetlag, empecé a hablar en tailandés con un taxista, sólo para descubrir que de alguna manera tenía un inglés muy fluido y que había entendió todo lo que le había dicho. Entonces se dio vuelta y comenzó a explicarme, con perfecto acento, por qué se había mudado a Tailandia y por qué debería tener más paciencia con las personas.

Estas cosas pasan. Y mucho. Pero lo que notas rápidamente es que el mundo se sigue moviendo. Y lo que puede que sientas como una vergüenza horrible que te induce al suicidio, por lo general no es más que una leve anécdota para todos los que te rodean. Entender esto es saludable. Y es una lección difícil de aprender sentado cómodamente en tu casa, y pasando tu vida yendo y viniendo entre los mismos tres o cuatro lugares de todos los días.

Porque una vez que entiendes que a la gran mayoría del planeta no le importa quién eres o qué estás haciendo, te das cuenta de que no hay ninguna razón para no ser quien quieres ser. No hay nadie a quien complacer. No hay nadie a quien impresionar. La mayoría de las veces, eres sólo tú, tú y las historias que inventas en tu cabeza.

5. Cuanto más viajas, más pierdes de vista quién eres – eso también es algo bueno

Muchas personas se embarcan en viajes alrededor del mundo para “encontrarse a sí mismas”. De hecho, es una especie de cliché, el tipo de cosa que suena profundo e importante, pero que en realidad no significa nada.

Cada vez que alguien afirma que quiere viajar para “encontrarse a si mismo”, esto es lo que creo que quiere decir: quiere eliminar todas las principales influencias externas de su vida, ponerse en un entorno aleatorio y neutral, y entonces ver que persona termina siendo.

Eliminando sus influencias externas (al jefe autoritario del trabajo, a la madre regañadora, la presión de unos insípidos amigos) son capaces de ver como se sienten realmente con sus vidas cuando vuelven a casa.

Así que tal vez una mejor manera de decirlo no es que viajas para “encontrarte a ti mismo,” viajas para poder obtener una percepción más exacta de quién eras cuando vuelvas a casa, y si en realidad te gusta esa persona o no.

Pero aquí está el problema: Viajar es otra influencia externa.

La persona que eres en una playa en Cuba no es la persona que eres sentada en un cubículo en pleno invierno en Chicago. La persona que eres en un viaje por la carretera atravesando el Este de Europa no es la persona que eres en una reunión familiar en Toronto.

Somos altamente adaptables a nuestro entorno externo, e irónicamente, cuanto más cambias tu entorno externo, más pierdes la noción de quien realmente eres, porque no hay nada sólido con qué compararte.

Con viajes frecuentes, tantas variables en tu vida están cambiando que es difícil aislar una variable de control y ver el efecto que todo tiene sobre él. Estás en un constante estado de agitación. Por lo que si te despiertas deprimido una semana, es difícil saber si es porque extrañas a tu familia en casa, o por el estrés por un proyecto de trabajo que arruinaste antes de irte, o porque no hablas el idioma del país en donde te encuentras, o tal vez estuviste deprimido durante meses o años y te diste cuenta recién ahora.

No lo sabes. Es imposible saberlo. Todo tipo de confusiones al mismo tiempo, juntos.

Y en lugar de descubrir quién eres, empiezas a cuestionar quién eres. Un año vas a Francia y lo amas. Vas otra vez, y lo odias. Aceptar ese nuevo trabajo sonaba como una gran idea cuando estabas en casa, ahora suena como una idea horrible, pero entonces suena como una gran idea de nuevo tan pronto como regresas. Un año eres un certificable vago de las playas, y entonces las próximas playas te aburren y no tienes ni idea de por qué.

¿Cambió todo realmente tanto? ¿O eres sólo tú?

Viajar frecuentemente pone tu identidad en un constante flujo, donde es imposible distinguir con certeza quién eres o qué sabes, o si realmente sabes algo en absoluto.

Y eso es algo bueno.

Porque la incertidumbre engendra escepticismo, engendra apertura, y engendra no-prejuicio. Porque la incertidumbre te ayuda a crecer y evolucionar.

Y cuando pasas bastante tiempo en la incertidumbre de quién realmente eres, lo que resulta es una forma sutil (y de largo plazo) de meditación; una aceptación persistente y necesaria de lo que sea que surja, porque realmente no sabes si fue la comida lo que te hizo mal, y realmente no sabes si las culturas del Este de Europa ya no te gustan más, y realmente ya no sabes muy bien cómo se siente la desigualdad en los ingresos, y realmente no sabes si tu carrera es la mejor para ti o no, y realmente no sabes si extrañas a tus amigos en casa o si simplemente te gusta la idea de perder a tus amigos cuando vuelvas a casa.

Y en algún punto, dejas de hacerte preguntas. Y empiezas a escuchar. Las olas y el viento y las palabras de amor en todos los hermosos idiomas que nunca vas a entender.

Sólo deja que sea. Y mantente en movimiento.

Publicado originalmente en TrucosParaVivirMejor.com

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